Sapa, el secreto mejor guardado de Vietnam

Lo escuché en boca de varios mochileros . Si vas a Vietnam tienes que ir a Sapa, no te lo puedes perder. Es uno de esos destinos soñados para los viajeros independientes porque representa una especie de tesoro, un secreto a voces que hasta hace pocos años estuvo bien escondido.

Sapa es un pueblo montañoso, ubicado a unos 1.600 metros de altura al noroeste de Vietnam, casi en la frontera con China. Y es la cuna de diferentes grupos étnicos como los Hmong, los Dao Do, los Tay, los Giay y los Xa Pho.

¿Por qué hay que ir?

Por su gente, su paisaje y su colorido. Por la posibilidad de tener un contacto cara a cara con estas tribus. Y hacer trekking  por sus impresionantes terrazas de arrozales esculpidas en la montaña como una obra de arte.

Sapa es un pueblo mágico, pintoresco y encantador. El tema es cómo llegar.

Después de unos días en Hanoi, la capital de Vietnam, decidí emprender mi aventura. Y quise hacerlo por tren. Son once horas de viaje.

Mi opción por el tren resulto bastante cómoda. Tener la posibilidad de ir acostado en una litera ya es un plus aunque el vaivén y el ruido atentan contra un sueño reparador. Partimos a eso de las nueve de la noche y arribamos a las cinco de la mañana. El único inconveniente es que el tren no llega directo a Sapa, sino hasta Lao Cai, la principal ciudad de la zona a unos 40 kilómetros de distancia. Hay que caminar un par de cuadras hasta la estación de buses para emprender el último tramo. Una hora más de viaje montaña arriba, un paisaje alucinante pero que por la hora muchos hacen dormidos.

Llegué a Sapa un domingo a las siete de la mañana. El mini bus me dejó en pleno centro. Una explanada grande de cemento donde se reúne todo el pueblo y donde hay una imponente iglesia católica, que llamó mi la atención. Horas más tarde me sorprendería verla repleta de hombres y mujeres de la etnia Hmong, que asistían a la misa dominical vistiendo sus trajes de color negro con mangas verde, rojo y morado. Vietnam fue años colonizado por los franceses quienes introdujeron el catolicismo y los Hmong son hasta hoy grandes devotos.

Llegar un domingo fue providencial. Ese día se instala un mercado local donde las mujeres de las distintas tribus, que se diferencian por el color de sus atuendos, bajan desde sus respectivas aldeas para comercializar   sus artesanías, tejidos y bolsos elaborados a mano y de llamativos colores. Imposible no querer comprarlos todos. Son realmente hermosos.

 

Las mujeres más jóvenes cargan a sus bebés en la espalda. Verlas con sus trajes típicos cargados de detalles y adornos es un deleite para la vista. No puedo dejar de tomarles fotografías aunque algunas se disgusten. Hay que pedirles permiso. Otras derechamente piden un dólar y te persiguen varias cuadras tratando de vender algún producto.

Si hay algo que puede terminar molestando después de varios días, es precisamente esa insistencia para que les compres algo. Pero es parte del juego. Después de todo, esos pocos dólares van directo al bolsillo de estas familias y como comprobaré más adelante, vaya que lo necesitan.

Varias de estas mujeres se ofrecen como guías turísticas para recorrer las aldeas. Yo hice contacto a través de Facebook con Sue, una joven Hmong encantadora cuya historia de esfuerzo me enternece. Sue tiene 21 años. Sus padres son campesinos, trabajan en los arrozales y nunca la enviaron al colegio ya que tuvo que hacerse cargo de sus hermanos más pequeños. Sue es dulce y muy despierta. Cuando tenía 17 años pudo acceder a una beca para estudiar inglés . Hoy lo habla perfecto y se dedica a acompañar a los turistas que llegan hasta Sapa para recorrer las tribus que viven en las laderas de las montañas.

Con la ayuda de unos clientes extranjeros creó una página en Facebook llamada “Sapa Trekking Sue”, que le ha dado gran popularidad entre los mochileros que no se cansan de recomendarla, subir fotos y contar sus experiencias. Más adelante me confesará que ya está sintiendo el peso de la fama. Otras jóvenes de su misma etnia la envidian por la facilidad con que capta turistas. Y es que las redes sociales se han convertido en una poderosa herramienta, incluso en lugares tan remotos como éste.

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Nos juntamos a las nueve de la mañana frente a la Iglesia , el punto de referencia obligado. Sue está sentada en la calle, conversando junto a otras mujeres indígenas.  Estamos listas para iniciar el trekking. El trato son US$20 dólares por el día. Eso incluye el almuerzo que será preparado por ella, su madre y su hermana, y la posibilidad de dormir en su casa si así lo quiero. Muchos lugareños ofrecen sus hogares a los extranjeros para que tengan la posibilidad de vivir una experiencia única y conocer de cerca cómo viven.

Es verano y hoy hace mucho calor. No me lo esperaba. Había leído que Sapa tiene un clima más bien fresco, con niebla y lluvia. En invierno es muy helado, incluso puede nevar. La mejor época para visitarlo es entre abril y mayo.

Recorremos a pie tres poblados. Lo hacemos descendiendo. El regreso será en moto porque el desnivel es muy abrupto. Se hace difícil volver a pie y menos el mismo día. Estamos en la alta montaña. La cumbre más alta de Vietnam y de toda la Indochina se llama Fansipan y está en esta zona. Tiene 3.143 metros de altura y hasta ella solo llegan los más aventureros.

 

Nuestra caminata dura varias horas y resulta inspiradora. El paisaje de Sapa es de una belleza única, casi de película. Perderse entre las plantaciones de arroz, esas terrazas labradas a mano en los faldeos montañosos corta el aliento. Son enormes extensiones de arrozales entre aldea y aldea. En el camino encontramos niños pequeños jugando solos. Sus caras están sucias y me miran con curiosidad. Le pregunto a Sue dónde están sus padres. Seguramente trabajando en los cultivos, me responde ella con naturalidad. Seguimos caminando y vemos a un grupo de mujeres con tocados rojos en la cabeza. Están agachadas trabajando la tierra y se levantan para saludarnos. Son de la etnia Dao Do. Todas sonríen. Me cautivan sus miradas y sigo tomando fotos. Más adelante encontraremos a dos enormes búfalos de agua jugando en el barro, ¡qué gran espectáculo!

Finalmente llegamos a la casa de Sue en Lao Chai. Una modesta vivienda de madera, con piso de tierra y un antiguo televisor. Varias fotos de Jesucristo están pegadas en las murallas. El baño es una letrina que está afuera. Y otra pequeña pieza también de madera y separada de la casa es la cocina. Sue me presenta a su madre, que debe tener mi edad, a una hermana de diecisiete años que viene llegando del colegio y a su hermano más pequeño de sólo cinco.

Con gran habilidad, las mujeres se ocupan rápidamente de encender el fuego para cocinar. Aquí no hay cocina a gas, sino una fogata en el suelo. Sin decir una palabra y en una tarea que parece establecida de antemano cada una se ocupa de lo suyo. Sue se pone a pelar verduras, su madre a trozar un pollo. Yo observo. Todas en cuclillas porque no hay sillas. Se cocina y se come en el suelo.

Dau, su pequeño hermano, es travieso y me hace reír. Al igual que Sue, sus rasgos son orientales. Luego me entero que los Hmong son la etnia más numerosa de Sapa. Se calcula que son un millón de habitantes en todo Vietnam. Hace 300 años emigraron desde el sur del China y hoy habitan también el norte de Tailandia, Laos y Cambodia.

Dau aparece de pronto con un enorme sapo atado a una cuerda con el que juega como si fuera su mascota. Sue me cuenta que lo encontraron hace unos días en los arrozales y que lo trajeron para comérselo . Pero cada vez que lo quieren cocinar, el pequeño rompe en un llanto desolador. Hasta el momento el sapo ha logrado salvarse aunque no sé por cuánto tiempo. La madre pierde varias veces la paciencia y es que Dau es tan inquieto que ha estado a punto de aplastar el animal.

En el terreno hay una tercera vivienda de madera, de un solo ambiente. Ahí vive otro hermano de Sue que tiene un hijo pequeño. Él tiene unos 20 años y su esposa aún menos. Los acompaño algunos momentos cuando llegan con verduras y se disponen a hacer su propio fuego para cocinar. El niño es hermoso, debe tener apenas un año y está casi sin ropa por el calor. No sé muy bien por qué, pero me siento conmovida con esta joven pareja.

La familia de Sue se esmera por atenderme y preparan varios platos vietnamitas que resultan deliciosos y que comemos con palillos. El padre y jefe de familia alcanza a llegar y almorzamos con él. Nadie más habla inglés. Entre gestos me ofrece licor de arroz pero no me lo tomó, es demasiado fuerte y aún queda camino.

Después del reponedor almuerzo, retomamos el trekking y seguimos bajando por las montañas. No dejo de admirar la tranquilad y belleza del lugar. Sapa es un paraíso para los amantes de la naturaleza y el senderismo. Por la tarde llegamos a nuestro último destino y Sue llama a su padre para que nos pase a buscar y nos lleve en su moto de regreso hasta el centro de Sapa. Estamos cansadas y yo tengo mis cosas en un hotel. Así que nos subimos las dos atrás. No me extraña porque en Hanoi vi que se subían de a tres, cuatro y hasta cinco personas a una misma moto. Así que no le di mayor importancia. El camino de regreso fue precioso y no dejaba de maravillarme con todo lo vivido cuando el ruido de la baliza de unos policías en moto me devolvió bruscamente a la realidad.

Evidentemente, no podíamos ir tres personas en una misma moto, estábamos cometiendo una infracción. Al padre de Sue se lo llevaron a la comisaría. Y así terminó mi primer día de excursión. Después me contó que sólo tuvo que pagar una multa y recuperó rápidamente su moto. Aún hoy me río con esta anécdota que afortunadamente no pasó a mayores.

Sapa es una verdadera fiesta de colorido, tiene unas vistas preciosas y regatear en sus mercados es una tarea obligada. Hay uno en especial al que llaman el “Mercado del Amor”. Se dice que hasta aquí llegaban los jóvenes de los distintos grupos étnicos , con sus mejores atuendos, en busca de pareja. Probablemente en el pasado pudo haber sido así, pero hoy en día solo conserva el nombre. Y es que por más remoto que sea el destino, la modernidad siempre termina por imponerse.

Ojalá que la recóndita Sapa pueda mantener sus tesoros intactos antes que dejé de ser un secreto a voces.

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